CULTURAL 2
* Crónica de inmigrantes




-Qué increíble -dijo Sara-. Cómo te iba a reconocer después de tantos años.
-Usted sí, claro -dijo Aníbal-. Pero ya ve, yo la reconocí enseguida.
-Lógico -dijo lógicamente Sara-. Si ni siquiera te habías puesto pantalones largos. Yo tambíén habré cambiado tanto, lo que pasa es que sos mejor fisonomista.
Dudó un segundo antes de comprender que era idiota seguir tratándola de usted.
-No, no has cambiado, ni siquiera el peinado. Sos la misma.
-Fisonomista pero un poco miope -dijo ella con la antigua vaz donde la bondad y 1a burla se enredaban.

El sol les daba en la cara, no se podía hablar entre el tráfico y la gente. Sara dijo que no tenía apuro y que le gustaría tomar algo en un café. Fumaron el primer cigarrillo, el de las preguntas generales y los rodeos, Doro era maestro en Adrogué, la mamá se había muerto como un pajarito mientras leía el diario, él estaba asociado con otros muchachos ingenieros, les iba bien aunque la crisis, claro. En el segundo cigarrillo Aníbal dejó caer la pregunta que le quemaba los labios.

-¿Y tu marido?
Sara dejó salir el humo por la nariz, lo miró despacio en los ojos.
-Bebe -dijo.

No había ni amargura ni lástima, era una simple información y después otra vez Sara en Bánfield antes de todo eso, antes de la distancia y el olvido y el sueño de la noche anterior, exactamente como en el patio de la casa de Doro y aceptándole el segundo whisky, como siempre casi sin hablar, dejándolo a él que siguiera, que le contara porque él tenía mucho más para contarle, los años habían estado tan llenos de cosas para él, ella era como si no hubiese vivido mucho y no valía la pena decir por qué. Tal vez porque acababa de decirlo con una sola palabra.


Imposible saber en qué momento todo dejó de ser difícil, juego de preguntas y respuestas, Aníbal había tendido la mano sobre el mantel y la mano de Sara no rehuyó su peso, la dejó estar mientras él agachaba la cabeza porque no podía mirarla en la cara, mientras le hablaba a borbotones del patio, de Doro, le contaba las noches en su cuarto, el termómetro, el llanto contra la almohada. Se lo decía con una voz lisa y monótona, amontonando momentos y episodios pero todo era lo mismo, me enamoré tanto de vos, me enamoré tanto y no te lo podía decir, vos venías de noche y me cuidabas, vos eras la mamá joven que yo no tenía, vos me tomabas la temperatura y me acariciabas para que me durmiera, vos nos dabas el café con leche en el patio, te acordás, vos nos retabas cuando hacíamos pavadas, yo hubiera querido que me hablaras solamente a mí de tantas cosas pero vos me mirabas desde tan arriba, me sonreías desde tan lejos, había un inmenso vidrio entre los dos y vos no podías hacer nada para romperlo, por eso de noche yo te llamaba y vos venías a cuidarme, a estar conmigo, a quererme como yo te quería, acariciándome la cabeza, haciéndome lo que le hacías a Doro, todo lo que siempre le habías hecho a Doro, pero yo no era Doro y solamente una vez, Sara, solamente una vez y fue horrible y no me olvidaré nunca porque hubiera querido morirme y no pude o no supe, claro que no quería morirme pero eso era el amor, querer morirme porque vos me habías mirado todo entero como a un chico, habías entrado en el baño y me habías mirado a mí que te quería, y me habías mirado como siempre lo habías mirado a Doro, vos ya de novia, vos que ibas a casarte y yo ahí mientras me dabas el jabón y me mandabas que me lavara hasta las orejas, me mirabas desnudo como a un chico que era y no te importaba nada de mí, ni siquiera me veías porque solamente veías a un chico y te ibas como si nunca me hubieras visto, como si yo no estuviera ahí sin saber cómo ponerme mientras me estabas mirando.
-Me acuerdo muy bien -dijo Sara-. Me acuerdo tan bien como vos, Aníbal.

-Sí, pero no es lo mismo.
-Quién sabe si no es lo mismo. Vos no podías darte cuenta entonces, pero yo había sentido que me querías de esa manera y que te hacía sufrir, y por eso yo tenía que tratarte igual que a Doro. Eras un chico pero a veces me daba tanta pena que fueras un chico, me parecía injusto, algo así. Si hubieras tenido cinco años más... Te lo voy a decir porque ahora puedo y porque es justo, aquella tarde entré a propósito en el baño, no tenía ninguna necesidad de ir a ver si se estaban lavando, entré porque era una manera de acabar con eso, de curarte de tu sueño, de que te dieras cuenta que vos no podrías verme nunca así mientras que yo tenía el derecho de mirarte por todos lados como se mira a un chico. Por eso, Aníbal, para que te curaras de una vez y dejaras de mirarme como me mirabas pensando que yo no lo sabía. Y ahora sí otro whisky, ahora que los dos somos grandes.

Del anochecer a la noche cerrada, por caminos de palabras que iban y venían, de manos que se encontraban un instante sobre el mantel antes de una risa y otros cigarrillos, quedaría un viaje en taxi, algún lugar que ella o él conocían, una habitación, todo como fundido en una sola imagen instantánea resolviéndose en una blancura de sábanas y la casi inmediata, furiosa convulsión de los cuerpos en un interminable encuentro, en las pausas rotas y rehechas y violadas y cada vez menos creíbles, en cada nueva implosión que los segaba y los sumía y los quemaba hasta el sopor, hasta la última brasa de los cigarrillos del alba. Cuando apagué la lámpara del escritorio y miré el fondo del vaso vacío, todo era todavía pura negación de las nueve de la noche, de la fatiga a la vuelta de otro día de trabajo. ¿Para qué seguir escribiendo si las palabras llevaban ya una hora resbalando sobre esa negación, tendiéndose en el papel como lo que eran, meros dibujos privados de todo sostén? Hasta algún momento habían corrido cabalgando la realidad, llenándose de sol y verano, palabras patio de Bánfield, palabras Doro y juegos y zanjón, colmena rumorosa de una memoria fiel. Sólo que al llegar a un tiempo que ya no era Sara ni Bánfield el recuento se había vuelto cotidiano, presente utilitario sin recuerdos ni sueños, la pura vida sin más y sin menos. Había querido seguir y que también las palabras aceptaran seguir adelante hasta llegar al hoy nuestro de cada día, a cualquiera de las lentas jornadas en el estudio de ingeniería, pero entonces me había acordado del sueño de la noche anterior, de ese sueño de nuevo con Sara, de la vuelta de Sara desde tan lejos y atrás, y no había podido quedarme en este presente en el que una vez más saldría por la tarde del estudio y me iría a beber una cerveza al café de la esquina, las palabras habían vuelto a llenarse de vida y aunque mentían, aunque nada era cierto, había seguido escribiéndolas porque nombraban a Sara, a Sara viniendo por la calle, tan hermoso seguir adelante aunque fuera absurdo, escribir que había cruzado la calle con las palabras que me llevarían a encontrar a Sara y dejarme conocer, la única manera de reunirme por fin con ella y decirle la verdad, llegar hasta su mano y besarla, escuchar su voz y verle el pelo azotándole los hombros, irme con ella hacia una noche que las palabras irían llenando de sábanas y caricias, pero cómo seguir ya, cómo empezar desde esa noche una vida con Sara cuando ahí al lado se oía la voz de Felisa que entraba con los chicos y venía a decirme que la cena estaba pronta, que fuéramos enseguida a comer porque ya era tarde y los chicos querían ver al pato Donald en la televisión de las diez y veinte.
 

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La madre no tiene quién

La madre agitó el bolígrafo, intentando que asome la última gota de tinta negra sobre un trocito de papel. Pero el bolígrafo no tenía suficiente tinta como para terminar la carta a su hermana. La madre volvió la vista a la única ventanita rajada de su apartamento ruinoso. Vio la llovizna constante y gris del otoño de Providence.
Era otra vez octubre, el mismo de los últimos quince octubres en que la madre había esperado una llamada que le diera su turno. Quince octubres en la lista de espera para un apartamento público subsidiado no había disminuido su paciencia, sólo había arruinado el paraguas que empuñaba para salir a visitar a su asistente social. Este asistente era uno de los pocos hispanohablantes de la agencia; la madre tenía mucha suerte de haberlo encontrado. El primer viernes de cada mes, ella tomaba el bus 41 hasta la Oficina Pública de Vivienda para hablar con él y averiguar dónde estaba en la lista de espera, esperando, y ocultando esa esperanza, que hubiera avanzado su número.
Aguardando el bus bajo el paraguas, que  servía mejor para mirar las estrellas que para protegerla de la lluvia, la madre pensó en su hijo, producto de la escuela norteamericana. Vio al niño, escuálido y casi ahogado en su ropa holgada de segunda mano: su esperanza para el futuro. Pensó con un rasgo de abyección, soy hija de mi hijo. Es él quien llama a las agencias de vivienda y habla con el casero. Será él quien tome las clases de capacitación que yo no puedo tomar y solicite los trabajos que yo no puedo pedir.
Esa noche, sola en su cama y temblando de frío bajo su manta andrajosa, la madre escuchó la gotera de agua en el techo. Ahogada en la duda que seguía a cada viernes infructuoso, caviló, ¿Cuando conseguiré el apartamento? Hasta que lo obtenga, ¿cómo viviremos?
Pero como el bolígrafo agotado que esta mañana dejó a su mano muda por falta de tinta, ella no encontró ninguna respuesta.

Años de pobreza

Demasiados años después, mientras las termitas devoraban los muebles y todas sus pertenencias, Pilar pensó en el día que se mudó a Providence. Fue un caluroso día de verano; las paredes blancas de su nuevo apartamento brillaron tan resplandecientes como el sol tras su ventana.
Pero pronto Pilar se había percatado de que  la estufa del piso vecino emitía vapores nocivos. Los gases penetraban sus paredes y al entrar, se transformaron en fantasmas de los tres hijos y el marido que ella había dejado en su país natal. Esos espíritus la acompañaban constantemente y aunque a Pilar le encantaba ver a los niños que tanto extrañaba, no le hablaban; sólo andaban por la casa, como vagabundos, pidiéndole con los ojos que volviera. Los fantasmas la estaban volviendo loca de tristeza cuando por fin pidió al casero, Apolinar Moscote, por favor, que arreglara la estufa. Apolinar negó que hubiera un problema.  Los servicios legales la tenía caminando en círculos, rellenando el mismo papeleo, y en pos de un administrador hispanohablante.
Finalmente consiguió otro departamento, tan blanco como el primero. Pero sus esperanzas se estrellaron el día que  cayó por un tramo de escaleras al pisar  un canto de madera astillada.  Se rompió la cadera y se dislocó una rodilla. El departamento de servicios humanos y el hospital la tenían dando vueltas, rellenando el mismo papeleo y buscando a un hispanohablante para ayudarla a solicitar el seguro médico.
Con el apoyo de un médico que escribió varias cartas al casero, quien también se llamaba Apolinar Moscote, Pilar logró trasladarse a un apartamento del primer piso. Allí, un rumor interrumpió la soledad de su pobreza: el zumbido de una colonia de termitas que  comía las paredes y el techo. Se lo informó a Apolinar, pero éste se negó a llamar a los fumigadores.
Empezó a caer una lluvia furiosa que parecía querer borrar la faz de la tierra. Pilar se encerró en su cuarto, a esperar, mientras las termitas seguían engullendo el apartamento. Cuando escampó, cuatro años, once meses y dos días después, las termitas habían devorado todo, hasta los huesos de Pilar.
 
* La Barra de Pan

* Judíos de Zakynthos
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* El Muro de Berlín
* Simón Radowitzky
* Deshoras (Julio Cortazar)

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