CULTURAL 3
* Crónica de inmigrantes
* La Barra de Pan

* Judíos de Zakynthos

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"El Cafecito de Fuerza Latina"
* El Rey de la Patagonia
La Barra de Pan
Del libro "Ella maldita alma" de Manuel Rivas

Tras el entierro, en el cementerio de San Amaro, Habíamos ido al Huevito y luego al bar David para brindar por el alma difunta. Había muerto la madre de Fontana. El estaba muy apesadumbrado, como si el peso de la caja continuase aun allí, con su espalda, y con ese aire de dolor culpable que tienen los hijos cuando se les va la madre. En su caso, la madre había tenido Alzheimer y confundía a su hijo con el hombre de la información meteorológica en la televisión. ! Mira que formal esta! decía ella. Y le mandaba un beso soplando en la palma de su mano hacia la pantalla. Fontana interpretaba aquella desmemoria como una señal de protesta, de acusación indirecta por sus largas ausencias. Estaba soltero como todos nosotros y le iba la bohemia. Le llego a tener mucha antipatía al Hombre del Tiempo.
Hasta que O'Chanel le dijo un día: Es que se parece a ti, Fontana. Es igualito a ti. Y Fontana se puso un traje de chaqueta cruzada como el de aquel Hombre del Tiempo y le dijo: Mama, soy yo. Ya veo que eres tú, le respondió su madre sonriente. Mucho he rezado para te dejasen salir de las isobaras.
En la barra del bar estaba Corea. Era un bebedor solitario, que no se metía con nadie. Pero en lo poco que hablaba, incluso cuando quería ser amable, le salían apocalipsis por la boca, que decía con una voz grave, como palabras de tierra. Por eso, cuando se acerco a Fontana, nos pusimos en guardia. Pero Corea le puso la mano en el hombro y le dio el pésame sorprendente: A los muertos hay que dejarles ir. No hay que tirar de ellos hacia abajo. Hay que abrir una teja en el tejado. Y que el alma busque su sitio. Sin más, Corea se fue hacia la barra, bebió el trago que le quedaba, pago la ronda y se marcho por la puerta sin despedirse.
Por un tiempo, nos quedamos mudos. Es una hermosa oración, dijo por fin O'Chanel. Lo mejor, añadió Fontana pensativo. Va un brindis por el alma. ¡Por el alma! Es cierto, dijo O'Chanel. Es cierto que hay cosas que tienen alma. O dicho de otra manera, hay sitios en los que se posan las almas como pájaros en las ramas.
O'Chanel siempre tenía un cuento en la recamara para tapar los tiempos muertos. Solo necesitaba un trago para, según decía el, mojar la prosodia. Había emigrado a Francia de joven, en uno de esos trenes que salían atestados de Galicia. Y le había ido bien. Oye, tú, ¡yo colocaba guardabarros en la Renault!, decía como un mariscal victorioso. Incluso contaba que había estado sentado con un Filosofo celebre en la terraza de un café a la orilla del Sena y que el filosofo había tomado notas de cuanto él le decía. Por supuesto, aseguraba O'Chanel, antes me pidió permiso. ¡Ese sí que es un país con cultura y educación! Y es que a veces le entraba nostalgia del revés! Aun he de volver a Paris! Un hombre con prosodia allí es un galán. Yo, una vez, dijo ahora O'Chanel, una vez me comí  un alma. Y miro a su alrededor, uno por uno, como quien pide tiempo antes de ser contrariado. De niño, en los tiempos del hambre, mi madre me mando  con la cartilla de racionamiento. A ver que daban. Siempre daban poco, pero cualquier cosa que entrase en la casa del pobre era un manjar. Nosotros vivíamos en la aldea, pero no teníamos tierras. Mi padre, ya sabéis, era obrero. Los labradores aun se iban arreglando. Venían los de Abastos, rapiñaban todo lo que podían, pero siempre había algo que echar el puchero. Pero el nuestro, la más de las veces, solo tenía un hueso para darle sabor al caldo de verdura. Y éramos muchos en la familia, una rueda de polluelos alrededor de la madre. Cuentas esto ahora y se ríen de uno, pero vosotros sabéis que era cierto. Pues bien, mi madre me mando con la cartilla. Me dijo: Anda, a ver que dan. Salí por la mañana temprano. Tenía que andar cinco kilómetros hasta Cambre.
Deje atrás la casa, oscura y ahumada, porque las desgracias nunca vienen solas y el fuego arde mal, se hace perezoso cuando no tiene sustancia que cocer. Deje atrás a mis hermanos, una letanía coral de llanto y tos. Y el día, por fuera, era como la casa por dentro. Con una niebla pegajosa, una roña fría y tristona que envolvía todas las cosas y se te metía en la cabeza. Había algunos pájaros en ramas y cercados, pero todos parecían estar de luto, ensimismados y con el capuchón fúnebre. El camino estaba enlamado y yo buscaba apoyos de piedra para no empapar los zuecos, pero a veces resbalaba, hasta que el barro me llego a los tobillos y entonces me despreocupe, y me metía en los charcos adrede, como animal de agua. Por los lugares que pasaba, la gente no parecía verme. Yo decía buenos días, miraban de reojo, pero no respondían a mi saludo. Era un niño invisible. Así fue mi viaje hacia la barra de pan. Porque todo cuanto me dieron cuando mostré la cartilla fue una barra de pan. Y volví abrazado a la barra. Para mi aquel pan tenía el color del oro. Ahora caminaba con mucho tiento, dando rodeos para encontrar el buen paso. Por nada del mundo podía resbalar y echarla a perder.
Fue entonces cuando el hambre despertó. Yo la mantenía entretenida, adormecida, pero creo que despertó al sentir tan cerca el pan. Y, sin pensar, cogí un cuscurro. Y lo deje ablandar en la boca, demorando, sin masticar. Me sabía todos los sabores. A dulce, a caramelo, a maravilla. Y ya noté que el día estaba clareando, con la niebla que se alejaba, deshilándose en los arboles. Y los dedos siguieron agujereándole las entrañas, haciendo bolitas de miga. Andaban a su aire, sin que yo tuviese cuenta de ellos, y llevaban las migas a la boca como si fuese otro quien me las diese. Si que era un bonito día. Nunca había reparado en los colores que tiene el invierno en Galicia. Con las violetas al borde del camino, los tojos que doran los montes, las flores de las nabales como inmensas alfombras palaciegas. Otro bocado y los pájaros se ponen a cantar. El mirlo, el petirrojo, el gorrión, el reyezuelo, la collalba, el herrerillo, el pinzón, la alondra en lo alto. Alegres parientes que no emigran. Otro pedazo de pan en el paladar y las campanas de Sigras que se ponen a repicar. No era un sonido fúnebre, como acostumbraban en aquel tiempo. Era un repique festivo, que recorría los campos como una alborada. El mugir de las vacas y el canto de los gallos parecían himnos de abundancia y de vida. Un viejo apilaba estiércol en el carro, llenando la mañana de un aroma cálido que olía a las cosechas futuras, a cachelos cocidos y a borona, e incluso a las sardinas del mar. ¡Buenos días, chaval!, dijo Vulto, el viejo vecino que nunca decía palabra. ¡Feliz Navidad! Aquel saludo cariñoso tuvo el efecto de una bofetada. Vulto era mudo y la Navidad había pasado hacia un mes. Mire hacia abajo. De la barra solo quedaba un polvo de harina en el gabán. Ante mi casa, lo sacudí como quien sacude un pecado.
Abrí la puerta y una docena de ojos, en aquella cueva ahumada, miró con brillo de ansia para mí. ¿Que te han dado?, pregunto mi madre. Un pan, dije, una barra de pan. Para no retrasar más la penitencia, añadí a continuación: Me la he comido entera por el camino. Y deje caer los brazos, acercándome a ella con desazón, deseando que me golpease muy fuerte. Mi madre me miro de frente, como quien se pregunta  en qué momento se estropea la obra de Dios. Pero luego me acerco a su vientre y me seco la cara con aquel delantal que tenia, estampado en flores de manzanilla.
Y MI MADRE DIJO: ! HAS HECHO BIEN, HIJO, HAS HECHO BIEN!


 
La milagrosa historia de los judíos de Zakynthos.
(Grecia) Leora Goldberg                                        
13 de diciembre de 2009

ZAKYNTHOS, Grecia – Necesitaba un descanso al finalizar un largo y agotador semestre. Mi familia se había ido a la punta sur de la península balcánica, a una desconocida isla de Grecia. Decidí reunirme con ellos.

Volamos de Tel Aviv a Atenas. De Atenas hacia el famoso levante de las islas orientales, aterrizamos en la isla de Zakynthos – “Fiore di Levante” (Flor del Este) – que es también conocida por su nombre italiano – Zante.
Durante el viaje, leí la guía turística y aprendí un poco acerca de su historia, la agricultura, el clima y, finalmente, acerca de los poéticos orígenes del himno nacional. No leí ni una palabra acerca de lo que estaba por descubrir, realmente, en la isla.

El viaje desde el aeropuerto hasta nuestra villa duró unos pocos minutos. Desde la planicie costera, condujimos hacia arriba por retorcidas curvas hasta nuestro destino.
Una anciana dama, una típica vecina vestida toda de negro, nos dio la bienvenida a su casa con una cálida sonrisa. Era obvio que ese lugar era la fuente de su orgullo.
La dueña de casa nos dio un corto tour de sus dormitorios de viejo estilo, de los baños y del salón. En la cocina, notamos los hermosos platos griegos auténticos que colgaban sobre su cocina con aspecto de antigüedad. Todo esto era para nuestro uso.
Le explicamos que, por razones religiosas, desafortunadamente, no podríamos disfrutar usando su vajilla y que habíamos traído la nuestra.
Así es como todo comenzó.
Parecía confundida. Miró a mi padre y, de pronto, sus ojos se iluminaron. Notó su kippa (yarmulke). Nos pidió que la siguiéramos al jardín.
Desde el punto alto donde estábamos parados, vimos un fantástico panorama del océano y los barcos. Pero ella señaló completamente hacia otro lado.
“¡Miren hacia allá!” dijo.
Quiso saber qué es lo que veíamos.
“Árboles, vegetación”, dijimos.
“¡Miren nuevamente y concéntrense!” exigió.
“Algo identificado que parecen dientes, puntos blancos” dijo mi padre.
Nos miró fijamente por un largo momento y dijo: “Ese es el cementerio judío”.
Yo estaba sacudida. Todos estábamos estupefactos. Aquí estábamos en una aislada isla de Grecia. ¿Quién oyó jamás de judíos aquí?
Traté de rememorar historias y experiencias que había oído de amigos que habían visitado este lugar. Nada vino a mi mente.
Desde ese momento y hasta que dejé Grecia, las relajantes vacaciones bebiendo ouzo en la playa se convirtieron en un fascinante viaje. Para el final de él, yo había descubierto una inolvidable historia.
A la mañana siguiente, monté sobre mi ciclomotor alquilado y conduje hasta el cementerio. El estremecimiento que me atravesó comenzó cuando vi la Estrella de David en la pequeña entrada negra. El temblor creció cuando entré. Era un enorme cementerio que contenía cientos de tumbas desde el siglo 16 hasta 1955. Los jardines estaban bien mantenidos y había pequeñas piedras sobre muchas tumbas, como si hubiera habido visitantes recientemente.
1955. Pensé por un momento. Cualquiera que conozca la historia de Grecia y sus islas, aún ligeramente, sabe que no hubo lugar peor golpeado por los nazis.
Rodas, Corfu, Salónica, Atenas. La pérdida de vidas judías en Grecia fue devastadora.
Desde 1944, casi no quedaron judíos, aún en las comunidades más grandes.
No obstante, no entendía el significado de la tumba “1955” y decidí investigar.
En una pequeña casa que se encontraba en el corazón de la propiedad, encontré al cuidador del cementerio, tercera generación de cuidadores del cementerio judío de Zakynthos. Mi incapacidad de hablar la lengua me impidió tener una profunda conversación con él.
Traté de encontrar la forma de continuar mi búsqueda de la historia judía de esta ciudad, y en cinco minutos estaba en la municipalidad.
Cuando le conté al empleado en la mesa de entrada lo que buscaba, me preguntó si ya había estado en la sinagoga. La pregunta fue hecha de forma casual, como si fuera formulada diariamente.
“Discúlpeme”. Pensé que no había oído bien. “¿Una sinagoga en esta isla”?
Me dio las indicaciones.
La sinagoga estaba ubicada en una concurrida calle de la isla. Cerca de la calle principal, en un espacio entre dos edificios, había una puerta negra de hierro, como la que había visto no hacía mucho en el cementerio. Sobre ella había un arco de piedra con un libro abierto.
Se leía, en una libre traducción del original hebreo, “En este sagrado lugar estaba la Sinagoga Shalom. Aquí, en el momento del terremoto de 1953, los viejos rollos de la Torah, comprados antes se estableciera la comunidad, se quemaron”.
A través de la puerta cerrada vi dos estatuas. A juzgar por sus largas barbas, me parecieron rabinos. Lo escrito en la pared me demostró que estaba equivocada: Esta placa conmemora la gratitud de los judíos de Zakynthos al Alcalde Barrer y al Obispo Chrysostomos”.
¿Por qué era el reconocimiento? ¿Quiénes eran esas personas? ¿Por qué las estatuas? ¿Qué ocurrió aquí? Tenía un montón de preguntas. Tenía que encontrar una pista, si no una respuesta. Volví a la municipalidad, excitada y temblando.
Me acerqué al empleado, que ya me conocía, y comencé a preguntarle acerca de lo que había ocurrido ahí. Él me derivó al vice alcalde en el tercer piso. Encontré su oficina, golpeé a su puerta y le pedí si podía dedicarme algunos minutos. Aceptó de buena gana.
Media hora después salí con lo siguiente:  El 9 de setiembre de 1943, el gobernador de la ocupación alemana, llamado Berenz, le había pedido al alcalde, Loukas Barrer, la lista de todos los judíos de la isla.
Después de consultar con el Obispo Chrysostomos y rechazando la demanda, decidieron ir juntos al día siguiente a la oficina del gobernador. Cuando Berenz insistió otra vez con la lista, el obispo explicó que esos judíos no eran cristianos, pero habían vivido ahí en paz y tranquilamente durante cientos de años.
Nunca habían molestado a nadie, dijo. Eran griegos como todos los demás griegos y ofendería a todos los residentes de Zakynthos el que tuvieran que marcharse.
Pero el gobernador persistió en que le dieran los nombres.
Entonces, el obispo le entregó una hoja de papel conteniendo sólo dos nombres: Obispo Chrysostomos y Alcalde Barrer.
Adicionalmente, el obispo escribió una carta para el mismo Hitler, declarando que los judíos en Zakynthos estaban bajo su autoridad.
El gobernador se quedó sin habla, tomo ambos documentos y los envió al comandante militar nazi en Berlín. Mientras tanto, sin saber lo que habría de ocurrir, los judíos locales fueron enviados por los líderes de la isla a esconderse dentro de las casas cristianas en las montañas. De cualquier modo, una orden nazi de reunir a los judíos fue rápidamente revocada – gracias a los leales líderes que arriesgaron sus vidas para salvarlos.
En octubre de 1944, los alemanes se retiraron de la isla, dejando tras ellos a 275 judíos. La completa población judía había sobrevivido, cuando en muchas otras regiones, las comunidades judías fueron eliminadas.
Esta historia única esta descripta en el libro de Dionyssios Stravolemos, Un Acto de Heroísmo – Una Justificación, y también en el corto de Tony Lykouressis, El Canto de Vida.
De acuerdo al guía turístico Haim Ischakis, en 1947, un gran número de judíos de Zakynthos hicieron alia mientras otros se mudaron a Atenas.
En 1948, en reconocimiento del heroísmo de Zakynthos durante el Holocausto, la comunidad judía donó vitrales para las ventanas de la Iglesia de San Dionyssios.

CONTINUA


 
* ¡QLP! (Ernesto Kahan)


* El Muro de Berlín
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* Deshoras (Julio Cortazar)
* Cortazar, cuentos breves.
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