EL “IZQUIERDISMO”: ENFERMEDAD SENIL DEL ANTISEMITISMO FASCISTA
LA CRISIS DE LA IZQUIERDA (BANCARROTA MORAL Y JUDEOFOBIA EN LA “IZQUIERDA” RADICAL)
Lic. Patricio A. Brodsky
Buenos Aires, 22/5/2009
www.patriciobrodsky.com.ar
Existe una relación inescindible entre lo que se dice (el lenguaje enunciado) y la forma de pensar al mundo circundante y a las relaciones con los demás.
En efecto, hay una relación inseparable entre los conceptos, las formaciones discursivas e inclusive las metáforas que utilizamos en nuestra retórica (forma de expresión) y el pensamiento que sustenta todas nuestras prácticas, incluyendo las discursivas (contenido ideológico).
Las palabras que usamos al expresarnos no son escogidas al azar, sino que tienen una conexión lógica, esencial, imposible de desligarse de nuestra forma de pensar el mundo.
El filólogo marxista Antonio Gramsci planteaba que todos los hombres son filósofos pues, básicamente, cada uno tiene una cosmovisión que les permite interpretar su relación con el mundo y con los demás hombres; además, poseen distintos lenguajes, sistemas de representaciones sociales, como vehículo de expresión de esas ideas. Esto les posibilita el establecimiento de “nexos comunicacionales” entre los sujetos. Espacios comunes de interpretación de sus relaciones vinculares entre sí y con la naturaleza. En resumen, los hombres que utilizan un mismo discurso comparten la forma de entender al mundo y a las relaciones vinculares intersubjetivas.
El sostenimiento de argumentaciones equivalentes a través de discursos similares implica, necesariamente, compartir una misma mirada respecto al objeto (o al sujeto) al cual remite el discurso. De esta manera, la concordancia argumentativo-discursiva que hoy se evidencia entre judeófobos de derecha y de izquierda ilustra la presencia de un espacio de confluencia ideológica al cual podríamos denominar “neojudeofobia”. No utilizamos este término porque exista novedad en relación a las formas argumentativo-discursivas de la judeofobia clásica; sin que más bien su novedad radica en la propia confluencia (consistente en la creación de una forma de judeofobia que busca su legitimación bajo el nombre de “antisionismo”).
La judeofobia contemporánea se nos aparecerá, en cierto sentido, como la continuación del antisemitismo clásico. Para sostener esto nos basamos, fundamentalmente, en la reutilización de viejos argumentos y estereotipos:
a)Asignación al judío del rol de “conspirador universal” (por ejemplo: “el lobby judío que maneja EE.UU.)
b) Asignación al judío del lugar del “mal radical” (“deicida”, “cosmopolita”, “nazi”, “racista”, etc.)
c) Banalización relativista o negación absoluta del sufrimiento judío (negacionismo del Holocausto o su comparación banal con el sufrimiento de otros grupos).
La novedad de esta ola de judeofobia radica, por un lado, en la confluencia de derechistas, izquierdistas e islamistas en el llamado Movimiento Antiglobalización (cuyo nombre es falaz pues sus integrantes no están en contra de la globalización sino que aspiran a hegemonizarlo mediante el fascismo global, el socialismo global o el islamismo global respectivamente –es importante este concepto pues en el seno del movimiento antiglobalización o globalifóbico confluyen tres proyectos políticos antagónicos a los cuales solo los une su antinorteamericanismo y su antisemitismo-). El otro elemento novedoso serán los cada vez más infructuosos de travestir su –cada vez más explícita y evidente- judeofobia en “antisionismo”.
Es claro que el judeófobo siempre hallará justificaciones “racionales” y “objetivas” para transferir la culpa de su odio hacia las víctimas del mismo. Pero ya lo dijo el filósofo Jean Paul Sartre: “No hay que buscar las motivaciones del antisemitismo en el judío sino en el propio antisemita”. En efecto, cada judeófobo a lo largo de la historia ha “encontrado” los argumentos para “objetivar” su odio buscando diferenciarse de las formas más antiguas de judeofobia por considerarlas “arbitrarias” e “irracionales”:
“Imaginemos a un inquisidor del siglo XVI. Aun si se hubiera horrorizado de las matanzas de judíos en 1391, no habría sido capaz de notar que él mismo encarnaba la continuación de aquella cruzada judeofóbica. «¿Cómo puede usted comparar?» espetaría. «Ferrant Martínez masacró inocentes arbitrariamente. Nuestra Inquisición, por el contrario, tiene el noble objeto de proteger la unidad religiosa, y además otorga a las víctimas la opción de la fe antes de la hoguera.»
Del mismo modo, quien durante el siglo XIX se enterara con estupor de las torturas inquisitoriales, no admitiría que ese odio tuviera relación con la discriminación e injurias que durante su propia época padecían los descendientes de judíos: «¿Cómo se puede equiparar la brutalidad medieval –exclamaría– con la autodefensa de la sociedad española actual frente a las perniciosas influencias judaicas?»
La judeofobia es singular. No sólo porque se trata del odio más antiguo, universal, profundo, persistente, obsesivo, quimérico y eficaz que haya existido, sino porque quien lo padece, raramente lo asume conscientemente...”[1]
Lo cierto es que las “motivaciones objetivas” que colocan la responsabilidad del mismo en las víctimas (en lo que hacen “matar a Cristo”, “ocupar Palestina”, etc. o en lo que son “subhumanos”, “antirraza”, etc.), sólo son excusas Ad-hoc para justificar una conducta que es socialmente vergonzante: el racismo discriminador. Son excusas que buscan reprimir los fundamentos irracionales del odio sinsentido buscando una “justificación” que lo legitime.
Cuando a Israel se lo condena “fabricando pruebas”, cuando éste es el único estado del cual se pone en tela de juicio su derecho a existir, cuando se lo trata peor (injustamente) en relación a los demás estados del orbe, cuando vemos que las únicas víctimas que movilizan solidaridad y odio contra sus atacantes son las víctimas de las acciones de autodefensa de ese estado, podemos afirmar sin dudar y sin temor a equivocarnos que nos hallamos ante un innegable acto de discriminación contra aquel estado. Cuando, luego, escuchamos discursos que justifican esta indudable desigualdad culpando al propio estado víctima, podemos afirmar con certeza que nos hallamos clara y abiertamente en presencia de discursos judeófobos.
La mundialización del capitalismo y su desplazamiento desde los sectores productivos hacia los especulativos (de la producción a las finanzas) ha generado un proceso llamado “globalización”. Este movimiento en las relaciones sociales ha provocado un movimiento reactivo (progresista en su retórica pero profundamente reaccionario y anacrónico en su esencia). Me refiero al llamado movimiento antiglobalización; lugar en el cual parecerían converger los “desechos metabólicos” de la transformación capitalista (las tres patas ideológicas del movimiento antiglobalización están conformadas por tres ideologías que se han visto, en su momento, a sí mismas como una alternativa global al capitalismo). Estos tres focos ideológicos serían:
a) el derechismo (la extrema derecha) el cual a través del totalitarismo nazi-fascista intentó establecer una hegemonía imperialista global –por oposición al imperialismo capitalista clásico angloamericano- (esta ideología ha quedado, merced a su completa derrota durante la Segunda Guerra Mundial, sumida en una profunda crisis y desprestigio; a excepción de su antisemitismo ahora asumido como propio por sus “socios ideológicos”);
b) el izquierdismo (la extrema izquierda), el cual a través del “socialismo real” –comunismo- también tuvo su programa de dominación global, intentó establecer una dominación hegemonizando los movimientos de liberación nacional de la postguerra. Este sector ideológico sumido en una profunda crisis existencial a partir de la crisis del modelo taylorista-fordista. Este sector, para “salvar” su existencia dada la profundidad de las transformaciones estructurales del capitalismo de postguerra trocó su sujeto histórico –el proletariado- el cual se definía por su posición en el proceso de producción por sectores desplazados del proceso productivo, lumpenizados, desclasados, marginados del proceso económico y que definen su identidad a partir de una situación de carencia o de precariedad –desocupados, sin tierra, piqueteros, etc.-
c) el islamismo (el extremismo islámico), este es un proyecto teológico-político de dominación global que tiene ya 15 siglos de existencia y que durante los últimos 30 años, sobre todo a partir de la crisis del petróleo de los 70 ha vivido una rápida expansión, fortaleciéndose, sobre todo por la crisis del nacionalismo panárabe.
Estos tres sectores se hallan sumidos en una crisis política y en una descomposición ideológica tan profunda que los ha conducido a aliarse. En el caso particular de los izquierdistas argentinos la profundidad de su crisis es de tal magnitud que ha llevado a algunos de ellos a aliarse y a defender los intereses de fracciones de las clases dominantes (incluso sectores históricamente golpistas como la Sociedad Rural Argentina o la banca financiera en su defensa de las AFJP) con tal de mantener su oportunismo asumiendo una pose opositora.
No es de extrañar, entonces, la aparición entre la derecha fascista y el izquierdismo pseudo-revolucionario de este espacio de convergencia ideológico cuyo eje es la práctica antisemita.
Tras su aparente “antisionismo” antisemita se esconde su bancarrota moral y su derrumbe político-ideológico. La asunción de figuras del antisemitismo clásico como el deicidio (James Petrás) o del antisemitismo moderno como el mito de la conspiración judía global (lobby judío) o la banalización de la Shoá no hacen más que actuar de contraste ilustrativo del pretendido “progresismo” que hoy no es nada más que el ala izquierdista de la judeofobia.
Hablamos de judeofobia pues vemos un “desplazamiento relativo” del objeto de odio desde “El Judío” hacia “Israel” o “El Sionismo”, aunque hay una modificación, ésta sólo es relativa pues no se deja de odiar al sujeto “genérico” (El Judío), sino que el odio se vuelca hacia una de sus formas específicas, particulares: “El Sionismo”, forma que hoy, casualmente, resulta la forma identitaria hegemónica.
Aquel que utiliza argumentos provenientes de la judeofobia clásica en su lucha política lo hace a sabiendas que ese uso no sólo daña la expresión política que afirma combatir (el sionismo e Israel) sino al sujeto mismo (el pueblo judío) dado que las formas de judeofobia clásica movilizan odios atávicos, irracionales e históricos. La mera utilización de “argumentaciones” de esta naturaleza descalifica cualquier intervención crítica por más bienintencionada que esta sea. Dado que aceptar estos argumentos como arma política equivaldría a utilizar manifestaciones racistas en contra del gobierno de Barak Obama.
El antisemitismo tiene esta capacidad mimética de intentar asemejarse a algo que no es (busca aparecer como una forma de lucha contra la discriminación cuando en realidad se trata de una de las más antiguas formas de racismo: la judeofobia.)
Como se trata de judeofobia entran en juego mecanismos complejos que tienen su correlato histórico. Por lo tanto es factible trazar ciertas analogías históricas.
La escatología mesiánica del cristianismo del siglo I de la era común postulaba que en pocos años se produciría el retorno del mesías y comenzaría la era mesiánica de redención de la humanidad. Al transcurrir los siglos y ver fracasada esta profecía, los dirigentes de la iglesia católica comenzaron a culpar a la “tozudez intransigente” de los judíos en no reconocer a Jesús como el mesías como principal causa de postergación del retorno de Jesús. En forma análoga algunos de los padres fundadores del socialismo pronosticaron que la “cuestión judía” sería resuelta el día que los judíos se asimilaran y el judaísmo desapareciera; esperaba que el judaísmo desapareciera fundiéndose en el humanismo socialista internacionalista. Cuando, por el contrario, en vez de desaparecer, la identidad judía se revitaliza con el desarrollo del movimiento de identidad nacional judía: el sionismo, al nacer, desarrollarse y fortalecerse el movimiento de liberación nacional del pueblo judío, la actitud de una parte de las izquierdas es oponérsele y, finalmente (en vez de sostenerlo como al resto de los movimientos de liberación nacional) terminan acusándolo injustamente de ser racista y genocida.
Como describimos arriba la judeofobia se asienta en el prejuicio que Israel (como representación colectiva e inconsciente de “lo judío”) es el topos del mal. En efecto, este estado será desplazado al sitio de la “personificación” de todos los lugares comunes del mal del pensamiento “políticamente correcto” en la sociedad contemporánea (racismo, segregacionismo, imperialismo, colonialismo, genocidio, nazismo). Todas estas categorías se corresponden con relaciones sociales espacial y temporalmente localizadas y que poco tienen que ver con las relaciones sociales reales que acontecen en Medio Oriente. Su uso antojadizo, arbitrario, en el caso de Israel implica la ruptura de su significado histórico real. Su utilización caprichosa banaliza su contenido real. Su uso discrecional las relativiza a tal punto que desvirtúa la realidad histórica. Lo sorprendente de esto no es que ocurra sino que quienes hacen un uso espurio de estas categorías como “arma” política contra Israel, en algunos casos son intelectuales (supuestamente cultos y doctos, más evidentemente no desprejuiciados).
La particularidad histórica de la judeofobia está dada por la colocación de “El Judío” (un colectivo abstracto) en el lugar de “Lo Siniestro” (lo que amenaza y aterroriza sin fundamento real).
Ayer los judíos eran condenados por existir de igual manera que hoy Israel es condenado por existir (independientemente de sus acciones). Lo que caracteriza a las críticas judeófobas es su desmesura, su desproporción y su injusticia. Cualquier cosa es válida y creíble tratándose de Israel (los judíos); ayer se decía que los judíos asesinaban niños cristianos para amasar pan ácimo para pascuas, hoy plantean que Israel es un estado asesino de mujeres y niños. Ayer decían que el judío tenía cuernos y cola, hoy plantean que Israel es un estado genocida y colonialista.
La hiperpronunciada presencia de Israel en los medios de comunicación con relación a otros conflictos realmente atroces habla de una “obsesiva compulsión” por vigilar la conducta de ese estado. Los perennes intentos por “nazificar” a las principales víctimas de los nazis es otro fuerte indicador de esta obsesión. Asimismo la presencia de un “humanismo unilateral” (sólo les preocupan las “victimas de las acciones de Israel”) es otro indicador de esta obsesión.
El horror al judío (una mezcla de repulsa, odio y terror irracional) descalifica los “argumentos” utilizados por estos detractores (más que argumentos son acusaciones calumniosas e injuriosas). Así a lo largo de la historia los judíos han “sido”: deicidas, conspiradores, traidores, y hoy “son” genocidas.
En los siglos XIX y XX hubo algunos pensadores que veían a los judíos como los “responsables” del capitalismo, mientras que entendían a este sistema social como el triunfo de un supuesto “espíritu mercantilista” del judío que habría impregnado al cristianismo (Marx), una virtual “judeización” del cristianismo. Hoy en día, otros (herederos y tributarios de los primeros) modificaron su mirada y entienden a los judíos (encarnados en Israel) como el poder impulsor de la globalización a través del lobby judeo-norteamericano (Petras), y otros entienden que la “normalización” de los judíos a través del estado de Israel y la adopción (por parte del gobierno de dicho estado) de políticas neoliberales en lo económico serían una virtual “cristianización” de los judíos (Rozitchner). Como se ve, la esencia del proceso es la misma pero el sentido de la ecuación es inverso; lo perverso es que en ambas ecuaciones se coloca a los judíos en el lugar del mal y en actitud conspirativa.
La iconografía de la judeofobia destinó para el judío el topos de lo odiado y lo temido en forma simultánea. Israel (pueblo) es el lugar de la cobardía, la felonía, etc., todo lo negativo es condensado allí por la retórica; por otro lado Israel (nación) hoy ocupa un lugar central en el imaginario de la judeofobia, es por ello relegado al lugar del racismo, el genocidio, etc. Lo que ayer era proyectado sobre un sustantivo colectivo imaginario “El Judío” hoy es proyectado sobre otro sustantivo colectivo imaginario “El Sionismo” (Israel), pero tanto “El Judío” cuanto “El Sionismo” no son reales sino una construcción especulativa basada en los prejuicios y las fantasías del judeófobo. Continuar